Escribían bajo nombre falso para poder existir: las escritoras que El Salvador olvidó.
En 1997, la Red de Mujeres Escritoras Salvadoreñas hizo lo que la historia oficial nunca había hecho: buscar sistemáticamente a las mujeres que escribieron en El Salvador. El resultado fue “Mujeres en la literatura salvadoreña”, una obra de 271 páginas que reunió textos de autoras nacidas desde mediados del siglo XIX, con financiamiento del Reino de los Países Bajos.
Encontraron 133 autoras. La mayoría, completamente desconocidas fuera de sus círculos inmediatos.
Ese número no es solo una estadística. Es la evidencia de una tradición literaria que existió en paralelo al canon oficial, sin que ese canon se dignara a reconocerla.
El problema no era el talento. Era el acceso.
El 88% de estas autoras eran autodidactas, según el mismo inventario. No porque carecieran de inteligencia, sino porque el sistema educativo del siglo XIX no estaba pensado para ellas. La primera mujer en obtener un título universitario en El Salvador fue Antonia Navarro, en 1888, en el campo de la ingeniería. Murió joven, sin poder ejercer su carrera.
El acceso a la educación formal femenina era tan limitado que, para muchas escritoras de esa época, los periódicos y las revistas eran el único espacio público disponible. No llegaban a libros propios; llegaban, si tenían suerte, a columnas sin firma o firmadas con nombre prestado.
Las escritoras e intelectuales que proponían una agenda más consecuente con la realidad de la época enfrentaron una serie de obstáculos para llegar a tener visibilidad en la esfera cultural y social. No se podía hablar de feminismo, pues el término equivalía a bancarrota familiar e inmoralidad. Era necesario buscar formas de decir lo que se pensaba sin nombrarlo directamente.
Cuando firmar con tu nombre era un cálculo
Una de esas formas fue el seudónimo. Pero usarlo no era solo una estrategia de supervivencia; a veces era también una operación de disimulo mucho más compleja.
El caso de Rafaela Contreras Cañas lo ilustra mejor que cualquier argumento abstracto. Considerada la primera narradora centroamericana, publicó cuentos en diferentes periódicos centroamericanos en 1890, bajo el seudónimo de Stella. Pero antes de Stella, usó otro: Emelina. Su primer cuento fue publicado con la condición de que el director del periódico no supiera el nombre verdadero de la autora. Ese director era Rubén Darío, de quien Rafaela estaba secretamente enamorada.
Hay algo que el relato habitual omite: algunos de sus textos fueron atribuidos erróneamente a Darío y circularon durante décadas como obra suya. Es decir, no solo fue ignorada — parte de lo que escribió terminó engrandeciendo la reputación de otro.
Rafaela murió en 1893, a los 23 años. Su obra fue redescubierta casi un siglo después.
El canon decidió quién importaba
En la historia canónica de la literatura salvadoreña escrita por Luis Gallegos Valdés, “Panorama de la literatura salvadoreña”, la única figura femenina que recibe atención por separado es Claudia Lars. Todas las otras poetas aparecen agrupadas bajo la rúbrica de “Letras femeninas”.
“Letras femeninas.” Como si escribir siendo mujer fuera un subgénero, una categoría aparte de la literatura propiamente dicha.
Esa decisión editorial — agrupar a decenas de autoras en un párrafo colectivo mientras cada escritor hombre recibía su entrada individual — no fue un descuido. Fue una jerarquía aplicada con consistencia. Y funcionó: durante décadas, el nombre de Claudia Lars se conoció, y el de las otras 132 no.
¿Qué queda de todo esto?
El libro de 1997 es un punto de partida, no un cierre. Documentar 133 nombres es un logro; leer lo que escribieron, entender el contexto en que lo hicieron y reconocer su lugar en la tradición literaria del país es otro trabajo, que aún está pendiente.
Investigadoras como Consuelo Meza Márquez y Carmen González Huguet han continuado esa tarea en años recientes, trazando una historia narrativa de mujeres salvadoreñas que va desde Rafaela Contreras hasta el presente. Pero ese trabajo sigue siendo marginal respecto al canon que se enseña en las escuelas.
133 mujeres escribieron. Algunas lo hicieron con nombre falso, otras en periódicos que ya no existen, otras en cuadernos que nunca salieron de sus casas. El silencio que las rodeó no fue un accidente de la historia: fue el resultado de decisiones concretas sobre quién merece ser leído y quién puede desaparecer sin que nadie lo note.
La pregunta que deja este libro no es solo qué perdimos. Es quién decidió que podíamos perderlo.

Comentarios
Publicar un comentario